Cupido, un inútil con muy buena puntería: Mi San Valentín en el infierno de los corazones rotos

El año que decidí que el amor era una mentira y Cupido, un francotirador con licencia para arruinar vidas. Esta es la historia. #SanValentin #Relatos #Sarcasmo #AmorYDesastre

La Historia del Día de San Valentín (o cómo aprendí que el amor es una construcción social diseñada para vender chocolate y papel glossy)

Ah, San Valentín. La festividad en la que el mundo se divide en tres bandos: los empalagosos que publican fotos con filtros de corazón, los cínicos que fingen desprecio desde su cueva de soltería, y los pobres incautos —como yo, aquel año— que caen en la trampa de "hacer algo especial".

Mi gran idea fue la cena. No cualquier cena, claro. Reservé en "El Antro del Cariño", un sitio cuyo nombre debería haber sido la primera de muchas banderas rojas. El lugar olía a velas de vainilla barata y desesperación. Las mesas eran tan estrechas que, para mantener la conversación, prácticamente debías compartir el espacio vital con tu cita.

Había llegado temprano, con un ramo de flores que, bajo la luz tenue y mortecina del local, parecía más un arreglo fúnebre que un símbolo de pasión. Mientras esperaba, repasaba mentalmente mi guión: preguntas inteligentes, anécdotas divertidas, una sonrisa que dijera "soy interesante, pero no desesperado". Todo perfecto.

Entró ella. Lucía… impactante. Y también confundida. Porque no era mi cita.

Era una completa desconocida que, por alguna razón cósmica y errónea, se dirigía directo a mi mesa. Detrás de ella, vi a mi verdadera cita entrar y escanear la sala. Nuestras miradas se cruzaron. Ella vio a la otra mujer acercándose a mí. Yo puse una cara de pánico que debió transmitir "¡sorpresa, soy un polígamo!". Su expresión se congeló en una máscara de horror y decepción antes de darse media vuelta y desaparecer en la noche, para siempre.

La desconocida se sentó. "¿Marcos?", preguntó con esperanza.
"Eduardo", respondí, con la voz un octavo más aguda de lo normal.
Hubo un silencio incómodo que podría haber sido medido en eras geológicas. "Ah. Creo que… mi cita se llama Marcos".

"¿Quieres una copa de vino?", fue mi brillante réplica, señalando la botella que había pedido como si fuera un talismán contra la catástrofe social.

Lo que siguió no fue una cita. Fue un pacto de supervivencia entre dos náufragos del amor. Decidimos, en un acto de solidaridad entre víctimas de Cupido (a quien imaginamos como un becario torpe y con resaca en la fábrica de corazones), compartir la mesa y la botella. Hablamos. No de películas o hobbies, sino de nuestras peores citas. Yo conté lo del tipo que solo hablaba de su colección de minerales. Ella, lo de la chica que llevó a su madre. Nos reímos. Mucho. Fue, irónicamente, la cita más genuina y divertida que había tenido en años.

Al final de la noche, intercambiamos números. "Por si alguna vez tu amigo Marcos o mi cita fantasmal aparecen", dijo con una sonrisa. Nunca volvimos a hablar. Pero cada San Valentín, en lugar de recordar amores idealizados, brindo por esa guerrera anónima, compañera de trinchera en la batalla más absurda del año. Y por Cupido, ese inútil con muy buena puntería para joderte, que a veces, solo a veces, acierta de la manera más retorcida e inesperada.

Moraleja: El amor puede llegar como un rayo. O, más a menudo, como un error de reserva online. Abrace el caos. Y siempre verifique el nombre en la mesa.

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